Opinión

Era antes

Hace varios años, el grupo que luego se transformaría en el Partido Republicano comenzó a tildar al resto de los partidos de su sector de “derechita”, “cobardes”, “acomplejados” o “amarillos”. Era una estrategia copiada a las derechas radicales de otros países, en la que se denunciaba la falta de convicciones de quienes habían decidido ampliarse mediante la moderación. En muchos casos, había un germen de verdad: experimentos como el “bacheletismo-aliancismo” o algunas decisiones de los gobiernos de Sebastián Piñera habían llevado a la derecha convencional a un lugar difícil de entender.

La crítica de los impugnadores fue, a ratos, despiadada, y los caminos divergieron naturalmente. Para ellos, no se podía estar del mismo lado que quienes resultaban indistinguibles de la izquierda. No por nada, el propio José Antonio Kast se declaró opositor a Piñera, una maniobra rentable en las urnas. Salía barato distanciarse de un gobierno débil.

Pero las cosas en política no siempre salen como se planean. Kast ganó la elección presidencial y diseñó un gobierno con el mismo Chile Vamos que antes criticaba. El gabinete restringió al máximo el espacio de los partidos, pero la UDI, RN y Evópoli igualmente tienen ministros. De un momento a otro, Republicanos comenzó a compartir techo con una centroderecha que hasta hace poco era el mal encarnado. Y lo hizo sin herramientas, sin haberse preparado para el cambio de posición: de ser el partido de los emplazamientos debía pasar a ser la columna vertebral del oficialismo. Es un rol ciertamente ingrato. Supone morderse la lengua, prever, contener y defender por sobre confrontar, la estrategia que Republicanos abrazó durante tanto tiempo. El extravío ha sido evidente y no hay semana en la que no haya al menos un incidente entre las dos derechas. Pero nadie puede reemplazar al partido del Presidente en esa tarea, ni este puede transferirle la responsabilidad a otro conglomerado.

La polémica que rodea al ministro Fernando Rabat reveló la fragilidad de esta costura política. Como el Presidente optó por un camino todavía difícil de comprender, los desmarques han estado a la orden del día. Las dirigencias de los partidos oficialistas y algunos de sus parlamentarios comenzaron a descolgarse, un proceso acentuado por el anuncio de una acusación constitucional por parte de la izquierda. Llegó el momento de mayor tensión, el que exige más orden y lealtad, y los puentes necesarios para enfrentarlo no se habían construido. Otro error de diseño.

Sin confianza ni vínculos sólidos, la cooperación no tiene en qué apoyarse. Eso pesa todavía más en tiempos hostiles, cuando cada cual prefiere salvarse por sí solo. Y si, peor aún, faltan liderazgo y una estrategia coordinada, la presión vuelve a los políticos proclives a tomar malas decisiones.

Apenas van siete meses del mandato de José Antonio Kast y su base de apoyo está fracturada tanto en lo político como en lo social. Nadie más que él puede cambiar la orientación del gobierno. Tendrá que desplegar todas sus habilidades si quiere evitar que la crisis se convierta en el primer capítulo de un lento desangre que deje impotente a su administración. Debe, con urgencia, abrazar una tesis política que tenga sentido no solo para él sino también para sus aliados y el país. Realizar el proceso de consolidación de los apoyos políticos que debió hacerse antes; para lo cual resulta indispensable que el Partido Republicano asuma que ya no basta con tuitear. Porque era antes. Veremos si lo logra lo que no se hizo con la marea revuelta.

Por Rodrigo Pérez de Arce P., Faro UDD.

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