Por Robert FunkTrump debilitado

La magnitud del triunfo demócrata en las elecciones de medio término, que logró recuperar ambas cámaras del Congreso y conquistar bastiones republicanos que parecían imposibles de lograr, constituye un terremoto político cuyas consecuencias se extienden mucho más allá de Washington.
La dimensión del resultado es histórica. Los demócratas ganaron un escaño senatorial en Kansas por primera vez en casi un siglo, conquistaron Texas, recuperaron estados tradicionalmente conservadores y derrotaron a candidatos estrechamente identificados con el presidente. El 91% de los afroamericanos y el 69% de los votantes hispanos (que en 2024 apoyaron a Donald Trump), optaron por candidatos demócratas. Lo mismo ocurrió con el voto masculino – tradicionalmente pro-Trump. Fue un rechazo que atravesó fronteras geográficas, socioeconómicas y culturales.
Las razones son relativamente claras. Trump había prometido crecimiento económico, pero los votantes siguen sintiendo los efectos de la inflación, agravada por los aranceles y la guerra con Irán – ambos productos de las políticas del actual gobierno. El discurso aislacionista, que prometía extraer al país de conflictos extranjeros, se hundió en el Golfo de Ormuz. Al mismo tiempo, la retórica permanente de confrontación, que durante años logró movilizar a su base, terminó agotando a los independientes.
Como consecuencia de lo anterior, Trump se ha convertido anticipadamente en un pato cojo. Las leyes políticas son casi tan infalibles como las de la gravedad: todo lo que sube baja, y la influencia política de un presidente comienza a evaporarse después de los midterms de su segundo mandato. Hasta ahora su control sobre el Partido Republicano le permitía actuar como si su liderazgo fuera indefinido, pero la derrota de esta semana termina con la ilusión. Los congresistas republicanos empezarán a preguntarse si les conviene continuar subordinados a un presidente cuya popularidad ya no trae rédito electoral. La lucha por la sucesión ya ha empezado. Y los socios y adversarios internacionales tendrán cada vez menos incentivo para hacerle caso al presidente.
Y allí está el peligro. Un Trump debilitado políticamente no es necesariamente un Trump menos peligroso.
Durante sus primeros dos años de su segundo mandato, Trump disfrutó de un Congreso relativamente dócil. Ahora va a tener que enfrentar comisiones investigadoras, posibles bloqueos legislativos y un Senado con el poder de rechazar sus nombramientos. Trump no se quedará paralizado, sino que muy posiblemente se sentirá liberado. Sin tener que volver a enfrentar una elección, estará más tentado que nunca de utilizar las órdenes ejecutivas, ignorar las limitaciones impuestas por la ley y la tradición, y usar la política exterior (donde tiene prerrogativa constitucional) para implementar sus preferencias y ejercer su poder.
El caso de Irán va a ser iluminador. Un Trump preocupado por su legado podría optar por buscar una salida diplomática, o, podría concluir que necesita un triunfo militar espectacular para revertir la percepción de fracaso. Cuba es otro espacio en que se podría buscar la reivindicación.
En la medida que Trump pierda relevancia doméstica, eventos en Europa, Ucrania, China y hemisferio occidental podrían incentivar decisiones impulsivas destinadas a demostrar que él sigue controlando la agenda internacional. La ONU, la OTAN y la seguridad asiática siguen sujetas a los caprichos del presidente. La Doctrina Donroe – la declarada intención de dominar nuestro hemisferio – sigue de pie. Mientras tanto, sus adversarios podrían interpretar su debilidad como una oportunidad.
Tampoco se puede descartar una radicalización en el plano doméstico. Trump ha construido buena parte de su identidad política en base de la confrontación con las instituciones que limitan su poder. Las investigaciones del nuevo Congreso van a reforzar su narrativa de persecución, y los obstáculos legislativos podrían estimular nuevos conflictos con los tribunales. A la vez, podría concluir que es necesario avanzar con profundas reformas institucionales para evitar otra derrota de esta naturaleza, jugando con las leyes de votación, redistritaje y el sistema judicial.
Existe otra posibilidad. La aceptación inicial de los resultados por parte de Trump ofrece una señal alentadora, aunque insuficiente, para anticipar un cambio real de comportamiento. Los demócratas también enfrentan una responsabilidad considerable. Tienen que entender que Trump perdió porque perdió – es decir que el electorado se cansó y lo castigó. No perdió necesariamente porque se votó a favor de la oferta demócrata. Ahora tienen una oportunidad de construir una alternativa política coherente. Su desafío será transformar el rechazo electoral en una agenda de gobierno creíble, evitando que la tentación de investigar y castigar al presidente sustituya la necesidad de responder a las preocupaciones económicas de los ciudadanos.
Por eso el verdadero significado de estas elecciones no se va a medir solamente por el número de escaños ganados por los demócratas. Se determinará por la capacidad del sistema político de administrar los próximos dos años sin transformar una derrota electoral en una crisis institucional.
Por Robert Funk, Facultad de Gobierno, Universidad de Chile.
COMENTARIOS
Para comentar este artículo debes ser suscriptor.
Lo Último
Lo más leído
Este septiembre disfruta de los descuentos de la Ruta del Vino, a un precio especial los 3 primeros meses.
Plan digital + LT Beneficios$3.990/mes SUSCRÍBETE
















