Opinión

El peso del pasado

El viaje. No se corre riesgo alguno al poner a Tierra de mi padre (Fatherland) entre las grandes películas de este año. La cinta ha estado circulando en salas y debería entrar en las próximas semanas a la cartelera de la plataforma Mubi. Después de Ida y de Guerra fría, es el tercer largometraje que vemos en Chile del director polaco Paweł Pawlikowski. Es una clase de expresividad, belleza y contención. La cinta está centrada en el viaje que realiza Thomas Mann junto a su hija Erika a Alemania para recibir el premio Goethe. Por entonces el Premio Nobel ya era una celebridad mundial y Mann viaja tanto a Frankfort (República Federal Alemana) como a Weimar (República Democrática Alemana) para recibir el mismo galardón. Filmada en riguroso blanco y negro, Tierra de mi padre coloca otra ficha más sobre la inquietante reflexión sobre Europa que el cineasta polaco está haciendo con su cine. Lo que vemos no es solo el escenario de una Europa destruida, sino un mundo que en ese momento se estaba dividiendo en dos irreductiblemente, en función de una fatalidad histórica ante la cual las advertencias de Thomas Mann sonaban retóricas y vacías. Hay un delicado equilibrio al interior de esta película entre la crisis que en ese momento enfrentaba Europa y los claroscuros que asomaban en la figura del escritor. Este no es precisamente un retrato simpático de Mann. Es cierto que a veces la cinta parece un tanto literal y reduccionista y no es verdad que en ese momento la disyuntiva fuera entre fascismo y comunismo. El Tercer Reich ya había sido derrotado, por mucho que sus huellas todavía fueran perceptibles en las ruinas alemanas de la posguerra. Con todo, la película tiene inteligencia, inspiración y fuerza. Y tiene uno de los esos finales grandiosos, con todos los matices y misterios que hasta ese momento la película no había tenido, con derecho a figurar entre los grandes finales del cine de todos los tiempos.

La novela. Viendo la imagen de Thomas Mann que quiere transmitir Fatherland -hierático, frío, ególatra, impasible, embriagado en su propia palabrería- es imposible perder de vista que fue el autor de una novela monumental que marcó a varias generaciones: La montaña mágica. Fue de esos libros que hicieron época y cuyos alcances reproducen un mundo tanto o más grande que el mundo real. ¿Se seguirá leyendo hoy? La novela, densa, larga, pesada, trata de la visita que el protagonista, Hans Castorp, le hace a un primo suyo internado en un hospital para tuberculosos en Los Alpes suizos, en Davos, localidad ahora famosa por otras razones. Va a verlo por algunos días y debe quedarse unos siete años. La novela recoge una experiencia biográfica del escritor, pues en 1912 su mujer, Katia, tuvo que ser internada en un establecimiento similar y ahí se compenetró de las rutinas y liturgias del encierro sanitario, mucho antes que el descubrimiento de los antibióticos diera una respuesta efectiva a los cuadros de tisis. La escritura de la novela le tomó a Mann siete años y lo que resultó es una de las cumbres literarias del siglo XX. Es tanto un relato del proceso de madurez de su protagonista, un joven que todavía no ejerce su carrera de ingeniero que estudió, como una sombría metáfora de un reino intermedio entre la vida y la muerte

La ciudad. Siendo uno de los principales ejes magnéticos de ese horror en que se ha convertido la industria turística mundial en la actualidad, Venecia -cómo no- es también una ciudad literaria de excelencia. Thomas Mann no pudo haber elegido contexto más dramático y más terminal para La muerte en Venecia, y Henry James apeló a lo que la ciudad representaba tanto en Las alas de la paloma como en Los papeles de Aspern. El propio James en su ensayo El Gran Canal escribió que “el carácter presente y esencial de la más melancólica de las ciudades radica simplemente… en que es la más bella de las tumbas”. Y agrega: “En ningún otro lugar ha sido puesto a descansar el pasado con tanta ternura y con tanta tristeza de resignación y recuerdo. En ningún otro lugar el presente es tan extraño, tan discontinuo, tan parecido a un gentío en un cementerio, sin guirnaldas para las tumbas”. El listado de escritores que han escogido Venecia, sea como motivo, escenario, decorado o telón de fondo, es enorme. Más allá de clásicos como Shakespeare (El mercader de Venecia), Voltaire (Cándido) o Edgard Allan Poe (el relato La cita), el recuento de los últimos años va de Hemingway (El otro lado del río y entre los árboles) a Donna Leon (La muerte de La Fenice), de Roberto Bolaño (2666) a Patricia Highsmith (El talentoso de Mr. Ripley), de Ian McEwan (El placer del viajero) a W.G. Sebald (Vértigo), entre muchos otros. Y el prisma que prevalece casi siempre, por mucho que D’Annunzio intentara hacer de ella la “ciudad de la vida”, es desde luego la perspectiva fúnebre y agónica, puesto que se trata de una ciudad golpeada por el tiempo y amenazada por descalabros e inundaciones. Lo más importante, en todo caso, es que se trata de un lugar donde es el pasado y no el futuro lo que manda.

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