Por Óscar ContardoCrisis de referentes

El desplome de la popularidad del Presidente José Antonio Kast ha ocurrido en sincronía con el hundimiento de algunos de los liderazgos y proyectos que él y su partido han distinguido públicamente como sus referentes. Primero fue la derrota de Viktor Orban en las elecciones de abril en Hungría, cuando un movimiento de centroderecha de ese país terminó con 16 años de un gobierno autoritario que transformó a Budapest en un punto de reunión de próceres ultraderechistas de ambas orillas del Atlántico. José Antonio Kast se había reunido allí con Orban en calidad de presidente electo en febrero de este año; dos meses más tarde, ya como mandatario en ejercicio, Kast envió un video a la cumbre de la extrema derecha que tuvo lugar en Budapest con un saludo especial, en donde reconocía el modelo impulsado por Orban como una inspiración para su proyecto de gobierno. El horizonte del líder húngaro era, en sus propias palabras, fundar un Estado “no liberal”. Orban gobernó por decretos y modificó las reglas electorales a su favor. Cuando dejó el poder en abril, Hungría ostentaba los niveles de pobreza y de corrupción más altos de la Unión Europea.
Algo diferente ocurrió con Flávio Bolsonaro, caído en desgracia hace unas semanas tras perder una elección que, según los expertos y las probabilidades, tenía asegurada. El heredero del expresidente Jair Bolsonaro, quien cumple condena por el intento de golpe de Estado, había visitado Chile en marzo, invitado por José Antonio Kast al cambio de mando. El mandatario lo describió como un amigo. Siete meses después, tras los resultados de la segunda vuelta presidencial del 25 de octubre, Flavio Bolsonaro, lejos de conceder la reelección de Lula da Silva y felicitar a su adversario, rechazó los resultados para luego salir subrepticiamente de Brasil y así evitar una investigación por lavado de dinero. El viaje fue intempestivo, pasó primero por Argentina -aparentemente ayudado por el mandatario de ese país, otro referente a estas alturas convertido en un residuo tóxico que hasta sus aliados españoles evitan-, y tuvo como destino final Estados Unidos. Desde Miami, dos días después del balotaje, Flavio Bolsonaro se autoproclamó el “verdadero presidente electo de Brasil”, declaración que debió matizar con el paso de las horas en la medida en que caía en cuenta de los escasos apoyos que recibía su curiosa versión de los acontecimientos.
Los resultados de las elecciones de mitad de mandato de Estados Unidos han sido el tercer movimiento en esta secuencia, con el desfonde electoral a gran escala de la plataforma creada por el Presidente Trump, el inspirador por antonomasia de la ola ultraderechista. Días antes de asumir como presidente, José Antonio Kast acudió a la llamada cumbre “Escudo de las américas”, un acuerdo cuyo provecho para Chile es una incógnita. En esa ocasión no hubo reunión bilateral con el presidente norteamericano, tampoco la hubo en septiembre en Nueva York durante la Asamblea General de la ONU, en la que ambos participaron. Pese a la cercanía ideológica cristalizada en un acuerdo sobre seguridad, minerales críticos y tierras raras explotables en nuestro territorio, el gobierno de Trump, lejos de darle una mano al de Kast con la economía, le impuso aranceles que afectan a gran parte de las exportaciones chilenas. Este gesto del gobierno estadounidense es contradictorio con el espíritu del tratado de libre comercio, pero está en la línea de la llamada Doctrina Donroe, que no es otra cosa que la aspiración explícita de sometimiento de los estados latinoamericanos a los intereses de Washignton. Aceptar esa doctrina sin chistar ha revelado que la reivindicación oficialista del valor del patriotismo solo es aplicable al uso de determinados símbolos folclóricos y no a la defensa de los intereses del Estado chileno.
La derrota sufrida por el trumpismo en las últimas elecciones parlamentarias ha sido explicada por el alza del costo de la vida, el repunte de la inflación y una guerra descabellada con Irán que traicionó la promesa de campaña de evitar involucrarse en conflictos bélicos. Habría que sumar a esos efectos la profunda alteración en la convivencia de una sociedad crispada por una autoridad que elevó los insultos, los mensajes de odio y la criminalización de los inmigrantes al nivel de política oficial. Este deterioro del gran referente político del norte opacó la crisis en curso del gobierno paraguayo, encabezado hasta esta semana por el ultraderechista presidente Santiago Peña, aliado ideológico del presidente chileno.
Durante una visita oficial a Asunción el pasado mes de julio, el Presidente Kast elogió el desempeño económico del gobierno de Peña, calificándolo como un ejemplo por “ordenar la casa”. Las loas al líder paraguayo chocaron esta semana con la realidad: el martes pasado un banco privado que manejaba el dinero y los ahorros previsionales de tres millones de clientes, casi la mitad de la población paraguaya, y cuantiosos fondos públicos, cerró intempestivamente, lo que provocó un estallido de protestas callejeras pidiendo la renuncia de Peña. El presidente paraguayo había sido accionista del conglomerado que controla el banco hasta asumir el mandato, luego de lo cual designó a quien había sido la máxima autoridad de la misma institución como presidente del Banco Central del Paraguay. La oposición paraguaya acusó a Peña de conflictos de intereses, desvío de fondos públicos y encubrimiento. El jueves, Santiago Peña renunció a la presidencia.
Nuestro presidente ha difundido con rigor y entusiasmo en el exterior que Chile está destruido, en escombros, y que él está encargándose de levantarlo, una manera de ver las cosas que se contradice con la percepción de la mayoría de los chilenos y con los datos. Habla mal del país como si ese fuera su trabajo y, a la vez, busca inspiración en referentes internacionales de ética, desempeño y gestión reprochables. Parece tener una porfiada inclinación a admirar líderes que lejos de haber encumbrado a sus países, parecen haberse esmerado en devastarlos en nombre de la patria, para ganancia de unos pocos y desgracia de la gran mayoría.
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