Por Daniel MatamalaEl ejemplo de Paraguay

Primero fue Hungría. En un acto impropio de un Jefe de Estado, el presidente Kast grabó un video en el Palacio de La Moneda apoyando al autócrata húngaro Orban en su campaña de reelección. Orban perdió. De Bolsonaro padre, dijo que “representa la esperanza de Brasil”. El padre, primero, y ahora el hijo, fueron derrotados. Kast festejó el regreso de Trump, pronosticando que traería un país “más libre, seguro y que recupere el progreso económico”, y saludó su guerra en Irán (“valoramos el esfuerzo” de Trump y Netanyahu, fue el eufemismo). Bueno, ya sabemos cómo va eso.
Orban, Bolsonaro y Trump: tres ejemplos, afortunadamente en retirada, de cómo debilitar, hasta el borde de la destrucción, a tres democracias.
El otro ejemplo: Paraguay.
En campaña, Kast alabó el ejemplo paraguayo una y otra vez, y ya como presidente, viajó a Asunción para hablar mal de Chile (“tenemos una enfermedad económica”) y con admiración de Paraguay (“un ejemplo para toda la región” y “un modelo a evaluar y a analizar porque bajando impuestos han crecido”).
Como ya lo dijimos entonces (columna “Si sueñas con Asunción y Budapest”, del 12 de julio), la relación causa-efecto es falsa. Paraguay tiene una tasa del 10% en IVA, impuesto a la renta y a las empresas desde hace 22 años. El único cambio reciente fue la reforma de 2019, que de hecho aumentó un poco la recaudación tributaria efectiva.
Su modelo histórico es de Far West económico: bajos impuestos, Estado diminuto, monopolios, concentración en un puñado de grandes grupos, y mínimas regulaciones. Y es el sueño de los libertarios. Según Milei, “Paraguay es un ejemplo de lo que hay que hacer en materia económica, tanto para mi país como para el resto de Sudamérica”. Pero los resultados son pobrísmos. En Índice de Desarrollo Humano, Paraguay está 13° en América Latina, bajo Cuba y apenas sobre Bolivia. (Chile, el que “debe aprender”, es primero). Y, como decíamos en julio, la de Paraguay “es una economía corrupta, desigual y con una producción básica”.
Esta semana tuvimos una lección práctica de lo que significa el “ejemplo” paraguayo, con el colapso de Ueno Bank, que dejó sin acceso a sus fondos a dos tercios de los adultos paraguayos. Dos grupos empresariales todopoderosos e interrelacionados (Basa, del expresidente Cartes, y Ueno, vinculado al ahora destituido presidente Peña), que manejan a su antojo la política, se entregan dinero a sí mismos, reciben fondos públicos y especulan con una economía de papel.
El vínculo político – económico es constante. Con su explosivo crecimiento, Ueno se transformó en la estrella ascendente del mundo libertario, con apariciones como su condición de principal patrocinador de la “Gala de la Prosperidad Hispana” en el club de Trump en Mar-a-Lago, el 10 de febrero de 2026, en que el ahora encarcelado Fernando Cerimedo, el “rey de los bots”, recibió el premio a “Consultor Político del Año”.
El “ejemplar” gobierno de Peña desmanteló la ley contra las puertas giratorias entre política y negocios. El recuento es impresionante. El propio Peña pasó de miembro del Banco Central y ministro de Hacienda, a director titular del banco Basa y luego a presidente de la República, mientras compraba y vendía una fortuna en acciones de Ueno. Carlos Carvallo pasó de director del Banco Central a presidente de Financiera Ueno, y de ahí a presidente del Banco Central. Carlos Fernández, de presidente del Banco Central a presidente de Basa, y de ahí a ministro de Economía. Y así.
Si a los chilenos nos suena conocido, es porque tiene hartas similitudes con el modelo original de los Chicago Boys: desregulación total, puerta giratoria sin restricciones, y concentración del poder en un puñado de grupos favoritos del régimen, cuyos bancos financiaban a las empresas de esos grupos. El resultado fue tanto o más desastroso que en Paraguay: la crisis bancaria, económica y social de 1982.
Aprendimos de la peor manera. Pero el actual gobierno chileno parece empecinado en hacer carne su idea de que el Paraguay desregulado y concentrado es un ejemplo a seguir. Veamos dos ejemplos que han pasado bajo el radar.
Primero. Este lunes, justo cuando estallaba la crisis bancaria en Paraguay, en Chile Juan Esteban Laval asumía como nuevo comisionado para el mercado financiero, a cargo de la supervisión de los bancos (los cinco comisionados de la CMF ejercen las funciones que antes tenía la superintendencia de Bancos).
Pues bien, hasta solo unos días antes, Laval era el fiscal de la Asociación de Bancos. Por doce años, como fiscal, lideró la defensa de los intereses de los dueños de bancos, haciendo lobby en el Congreso, con entes públicos y ante la justicia, por ejemplo cuestionando públicamente un fallo de la Corte Suprema que ordenó a un banco restituir fondos sustraídos de la cuenta de un cliente víctima de phishing.
Y he aquí que, literalmente de la noche a la mañana, pasó de regulado a regulador, de representar el interés de los dueños de bancos, a cautelar el interés público frente a esos mismos bancos.
La puerta giratoria en su máxima expresión, gracias al gobierno, que lo designó, y al Senado, que aprobó su nombre con 31 votos a favor y 11 en contra. A la paraguaya.
Segundo. Coincidencia o no, pocas semanas antes el gobierno había anunciado cambios a la norma sobre fraudes que Laval, como vocero de los bancos, cuestionaba. El ministro Quiroz anunció que ahora bastaría una “culpa leve” de los clientes para que los bancos no tuvieran que responder en caso de fraudes bancarios. En simple, según expertos, la carga de prueba pasa del banco al cliente, lo que deja desprotegidas a miles de víctimas (según la bancada UDI, tras el rechazo parlamentario el gobierno haría cambios a esta propuesta).
¿Usted nunca se enteró? Es que Quiroz metió esa norma favorable a la banca, junto a muchas otras, en medio de un “Proyecto de Financiamiento de la Casa Propia”. Un hábil caballo de Troya, tal como los regalitos tributarios a los más ricos contenidos en un proyecto que se llamaba “Ley de Reconstrucción”, y que usó a las víctimas de los incendios como escenografía para meter de contrabando eliminación de impuestos a la especulación bursátil o la repatriación de capitales.
Mientras el país vive un desastre económico, con un millón de desempleados, tres trimestres consecutivos de recesión, y ahora además inflación al alza, Quiroz ni se inmuta: lo que importa es bajar impuestos, desarmar regulaciones, echar a andar la puerta giratioria y dar carta libre a bancos y grandes grupos.
La fórmula paraguaya. Que, sí, es un ejemplo. Es un ejemplo de un modelo que, como vimos dramáticamente esta semana, beneficia a unos pocos a costa de dejar a la intemperie a todos los demás.
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