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¿Qué pasa con los datos sobre nuestro cuerpo que compartimos con los relojes inteligentes?

Estos dispositivos, que prometen ayudarnos a conocer mejor nuestro rendimiento físico, generan también registros sobre hábitos y rutinas que podrían ser mal utilizados. Aquí, profesionales de la salud abordan los alcances y límites de estos indicadores, mientras que especialistas en derecho y ciberseguridad advierten sobre los desafíos de proteger la información recopilada.

Gracias la tecnología, hoy tenemos la posibilidad de conocer valiosa información sobre nuestro estado de salud en segundos. La expansión de los relojes inteligentes durante la década pasada ha sido parte de ese proceso, ya que nos deja -al alcance de la muñeca- mucho más que saber la hora.

Con una diversidad de modelos y opciones para uso rutinario, deportivo y outdoor, el tamaño del mercado mundial de relojes inteligentes llegó a más de USD 38 mil millones en 2025 según datos de Fortune Business Insight, quienes prevén que crecerá hasta los USD 142 mil millones para 2034.

Un reloj inteligente es más que un accesorio tecnológico: se ha convertido en una herramienta que capta información sensible para estar más informados sobre nuestra salud, y que puede medir desde la calidad del sueño y el ciclo menstrual hasta la saturación de oxígeno en la sangre.

Estos dispositivos también incorporan comúnmente un receptor GPS, que conectado con Bluetooth de un teléfono permite registrar rutas, así como también recibir las notificaciones de mensajes o correos electrónicos. Y, aunque para muchos pase desapercibido, es justo preguntarse cuál es el destino final de todos esos datos que recolectan.

“Cuando usamos un dispositivo así, no estamos entregando simplemente datos sobre cuántos pasos caminamos, sino que estamos generando una huella digital permanente de nuestro cuerpo”, dice el académico UNAB Renzo Gandolfi.

A diario se producen cantidades de información por medio de múltiples redes de sensores y dispositivos. Los humanos dejamos un rastro digital cuando realizamos actividades: una huella digital que va dejando pistas cada vez que utilizamos nuestro teléfono móvil, pagamos con tarjeta de crédito, participamos en las redes sociales o adquirimos un reloj digital.

A ojos del abogado Renzo Gandolfi, académico de la Facultad de Derecho de la Universidad Andrés Bello (UNAB), estos datos son valiosos para el estudio del comportamiento humano. “Cuando usamos un dispositivo así, no estamos entregando simplemente datos sobre cuántos pasos caminamos, sino que estamos generando una huella digital permanente de nuestro cuerpo”, analiza.

Un punto relevante para Gandolfi es que esos datos no necesariamente quedan en el reloj.

“Habitualmente forman parte de un ecosistema tecnológico compuesto por el dispositivo, una aplicación, servidores en la nube y eventualmente otros prestadores”, dice.

Por eso, es normal preguntarse quién recibe esos datos, durante cuánto tiempo los conserva, con qué finalidad los utiliza y con quién puede compartirlos.

Lo que el reloj mide (y lo que no puede asegurar)

Antes de hablar de privacidad, hay que entender qué tan confiables son las mediciones que entregan los relojes inteligentes. Inferir no es diagnosticar. Así lo explica el doctor en Ciencias del Ejercicio Francisco Guede, académico del Instituto Ciencias del Ejercicio y la Rehabilitación de UNAB, quien dice que el dato depende de varios factores como la métrica, el dispositivo y las condiciones de uso.

“Una revisión sistemática de estudios de validación encontró que la frecuencia cardíaca era la métrica más estudiada y, en general, la que mostraba mejores resultados”, indica ante diferentes estudios académicos que han buscado desentrañar su validez.

En cambio, otras investigaciones han señalado que los pasos y el sueño cuentan con una precisión moderada. En contraparte, las estimaciones del gasto energético son variables y a menudo presentan errores grandes.

“Usaría estos datos como orientativos y no asumiría que son intercambiables con una medición clínica”, recalca.

“Una revisión sistemática de estudios de validación encontró que la frecuencia cardíaca era la métrica más estudiada y, en general, la que mostraba mejores resultados”, dice Francisco Guede. En contraparte, otros indicadores no suelen ser muy precisos.

César Alcacibar, fundador de VZION Cloud, complementa que este tipo de dispositivo electrónico -también conocidos como wearables- pueden ser “excelentes herramientas de seguimiento, pero no debemos asumir que sus mediciones tienen la misma precisión, profundidad o alcance clínico que un examen médico”.

Su valor – postula- está en acompañarnos durante el día y permitirnos observar tendencias para luego asesorarnos con algún profesional médico.

Detectar un cambio no es lo mismo que conocer su causa. Una variación en el sueño o en las pulsaciones puede tener distintas explicaciones; por sí sola no permite afirmar que alguien tiene una enfermedad o está experimentando una emoción determinada. “No convertiría esa capacidad en una afirmación general de que el reloj sabe qué nos pasa”, plantea.

Del sensor a la nube: ¿dónde terminan nuestros datos?

En la práctica, cualquier dato que generen estos dispositivos recorrerá una cadena de cuatro eslabones, y cada salto es una superficie de ataque distinta.

Patricio Campos, CEO de Resility CyberSOC y especialista en ciberseguridad, describe que la información parte desde el dispositivo físico, para luego pasar por enlace Bluetooth hasta el smartphone, siendo el último eslabón la nube y sus integraciones.

Los datos terminan en la nube del fabricante, generalmente alojada fuera de Chile, y desde ahí pueden fluir hacia terceros que el usuario autorizó en algún momento, como aplicaciones de entrenamiento, programas de bienestar corporativo, aseguradoras o agregadores. Muchas veces, los usuarios aceptan el tratamiento de sus datos sin revisar las cláusulas con el fin de dar uso a la app.

Entre esos cuatro espacios puede ocurrir algún fallo, y no son riesgos hipotéticos. Un caso conocido ocurrió en 2018, cuando el mapa de calor global de actividad de la app Strava terminó revelando la ubicación de instalaciones militares sensibles.

los datos biométricos no se pueden cambiar. Una contraseña vulnerada se reemplaza; las lecturas de tu cuerpo son históricas, reales e inmutables”, analiza Patricio Campos, CEO de Resility CyberSOC y especialista en ciberseguridad.

“La lección de fondo trasciende ese episodio”, dice Daniel Valenzuela, líder de estrategia de datos en Dynamic Devs, ya que un dato individual es inocuo, pero agregado a escala masiva revela patrones que nadie autorizó explícitamente.

“Hay un agravante que distingue a estos datos de cualquier contraseña: los datos biométricos no se pueden cambiar. Una contraseña vulnerada se reemplaza; las lecturas de tu cuerpo son históricas, reales e inmutables”, analiza.

También pasó en 2021, rememora Patricio Campos, cuando el investigador Jeremiah Fowler y WebsitePlanet hallaron una base de datos sin contraseña de GetHealth, plataforma que sincroniza información de wearables. El archivo tenía más de 61 millones de registros, que incluían nombres, fechas de nacimiento, peso, estatura y geolocalización de usuarios de Fitbit y Apple HealthKit.

“El caso es ilustrativo porque el fallo no estuvo en el reloj ni en el fabricante principal, sino en un intermediario que el usuario probablemente no sabía que existía”, ejemplifica.

Privacidad, consentimiento y responsabilidad en Chile

Si revisamos la legislación nacional, la ley N.º 21.719, que entrará en vigor en diciembre de este año, considera expresamente como datos personales sensibles aquellos relativos a la salud, al perfil biológico humano y los datos biométricos.

Para el tratamiento de datos sensibles, desarrolla el abogado UNAB Renzo Gandolfi, la regla general establecida es el consentimiento expreso del titular, además de exigirse una finalidad determinada y un tratamiento proporcional.

La ley también exige que los datos se recojan para fines específicos y que no sean reutilizados libremente para propósitos distintos, junto con imponer obligaciones de seguridad frente a filtraciones, pérdidas o accesos no autorizados.

La ley N.º 21.719, que entrará en vigor en diciembre de este año, considera expresamente como datos personales sensibles aquellos relativos a la salud, al perfil biológico humano y los datos biométricos.

“Aquí aparece el desafío más importante, porque un dato aislado puede parecer inofensivo, pero miles de datos acumulados durante meses o años permiten construir un perfil extremadamente preciso de una persona”, plantea.

La nueva ley reconoce precisamente la elaboración automatizada de perfiles y establece garantías frente a decisiones que produzcan efectos jurídicos o afecten significativamente a una persona, incluyendo el derecho a información, explicación, intervención humana y revisión.

Un dato importante a recordar es que, en tiempos digitales, cualquier aplicación gratuita nunca lo es del todo, porque el precio a usarla son los datos que entregamos. Una plataforma puede proteger bien los datos frente a un ataque y, al mismo tiempo, utilizarlos para fines comerciales dentro de las condiciones que aceptamos, incluido usar esa data para entrenar modelos de Inteligencia Artificial.

¿Cuánto control conserva el usuario?

Aunque los usuarios pueden tomar medidas para proteger su información, su capacidad de decisión tiene límites.

Patricio Campos, de Resility CyberSOC, recomienda revisar los permisos de las aplicaciones, limitar las conexiones con servicios de terceros y desactivar funciones como la geolocalización cuando no sean necesarias.

También aconseja mantener actualizados los dispositivos y proteger las cuentas con contraseñas únicas y autenticación de dos factores.

Entre las medidas que propone están “compartir el mínimo”, mantener los perfiles privados, revocar las integraciones con servicios que ya no se utilizan y eliminar el historial que no sea necesario conservar. Sin embargo, estas acciones no permiten controlar por completo lo que ocurre una vez que los datos salen del dispositivo.

César Alcacibar, de VZION Cloud, coincide en que la prevención es fundamental. Antes de adquirir un dispositivo, propone informarse sobre qué datos recopila, cuáles necesita enviar a servidores externos y qué opciones ofrece para limitar ese intercambio. “Nuestro margen de acción es mucho mayor antes de enviar la información que después”, advierte.

César Alcacibar, de VZION Cloud, recomienda, antes de adquirir un dispositivo, informarse sobre qué datos recopila, cuáles necesita enviar a servidores externos y qué opciones ofrece para limitar ese intercambio.

Para Renzo Gandolfi, el problema también está en las condiciones bajo las cuales se entrega esta información. A su juicio, aceptar términos y condiciones extensos no debería interpretarse como una autorización ilimitada para cualquier uso posterior. Los usuarios deben poder conocer qué información se recopila, con qué finalidad se utiliza, cuánto tiempo se conserva y con quién se comparte.

La responsabilidad, sin embargo, no puede recaer únicamente en quienes utilizan estos dispositivos.

Gandolfi advierte que “el consentimiento no puede convertirse en una especie de cheque en blanco”, especialmente cuando la persona no conoce con claridad los alcances del tratamiento de sus datos.

La protección de esta información también exige obligaciones para las empresas y mecanismos que permitan ejercer los derechos reconocidos por la legislación. En ese escenario, las medidas individuales son importantes, pero no reemplazan la responsabilidad de las empresas ni las obligaciones legales.

Los relojes inteligentes pueden ofrecer información útil para conocer tendencias de nuestra actividad física, pero también se extiende la invitación a los usuarios a ser conscientes de qué información estamos dispuestos a compartir y cuánto control queremos conservar sobre ella.

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