Por Joaquín TrujilloSobrecautela

Vital es la cautela, pero nunca tanto. Los seres humanos han aprendido a protegerse. Los evolucionistas destacan aquellos dispositivos de alerta, como la adrenalina, que desde tiempos remotos nos arrastraron entre matorrales y rocas para ponernos a salvo de animales y gente desagradable.
Las cavernas fueron dejadas atrás gracias a quienes se aventuraron lejos de su seguridad. Desde “La Odisea”, de Homero, al “Ulises”, de Joyce, el retorno al kilómetro cero del viaje ha llegado a constituirse en una épica, de “reyezuelos”, según dijo Andrés Bello de estos héroes griegos, en el primer caso, como de la clase trabajadora, en el segundo. Cada vez más normal.
La épica del capitalismo estadounidense ha sido también la de prolongados viajes por los precipicios del riesgo, imagen para la cual parecen construidos los rascacielos modernos erigidos en esa atmósfera. Un inmenso escaparate del progreso humano.
Cada negocio que se abre es una declaración de confianza. Cuando en el Frankfurt del siglo XVIII aparecieron esos primeros escaparates —que nosotros llamamos vitrinas—, ese patrimonio de los comerciantes que era la mercancía dejó de permanecer escondida y custodiada en bodegas, para exhibirse, llamar, tentar a los transeúntes. Había en ello algo de exposición al daño, de temeridad de vendedor, de invitación al pecado de lo suntuario. También, de la pujanza de una economía que se hizo cada vez más famosa.
Ciertamente, la destrucción de los comercios y los latones que acaban recubriéndolos tiene algo de telón que cae antes de que el luminoso teatro del mundo quede a oscuras.
Sin embargo, allí donde, como en “Desayuno en Tiffany´s”, de Truman Capote, una ventana que busca la calle resplandece llena de joyas, todas las almas finísimas que han trabajado en ellas recuperan la esperanza en que alguien desconocido ceda frente a tanta belleza.
Así, se va cumpliendo el dictum de Ralph Waldo Emerson. Dios no quiere que los cobardes hereden el mundo nuevo.
Es necesario confiar excesivamente en la vida para que los malhechores se inhiban. Parafraseando los últimos versos de “Hermann y Dorotea”, aquella novela-poema de Goethe sobre un joven burgués que se enamora de una migrante pobre, la actitud resuelta de los valientes hace que la paz persista. La cobardía, en cambio, llama sin quererlo al desafuero del aprovechador, ese que anda atento a cualquier oportunidad.
Los chilenos hemos quedado atolondrados por los últimos terremotos que no han sido a nivel de los pies, sino de los cuellos (la zona erógena preferida de las revoluciones), los pulmones, los bolsillos y ahora último las piernas hundidas hasta las rodillas en el lodo. Y tal vez tendríamos que empezar a desperezarnos de esta convalecencia.
Era yo adolescente, y un amigo evangélico-pentecostal compañero de curso, que había colaborado en la construcción del templo (la edificación más alta del pueblo), me dijo algo por el estilo:
—Quienes creemos que el mundo se acabará pronto pensamos también que debemos trabajar como si no fuera a acabarse nunca.
Por Joaquín Trujillo, investigador CEP
COMENTARIOS
Para comentar este artículo debes ser suscriptor.
Lo Último
Lo más leído
Este septiembre disfruta de los descuentos de la Ruta del Vino, a un precio especial los 3 primeros meses.
Plan digital + LT Beneficios$3.990/mes SUSCRÍBETE
















