Por Diana Aurenque “Por hechos, no por palabras”

Con esas palabras sostuvo el mandatario, José Antonio Kast, debía evaluarse su gobierno. Así lo señaló en su reciente presentación en un encuentro organizado por Enade. Que el presidente se acoja a presuntos “hechos” que, también presume, más elevados que las “palabras” no sorprende –pero debería. No sorprende porque ha sido durante su mandato, que la degradación de la palabra pública ha llegado a su nivel más alto en vacío y más bajo en credibilidad. Quien denominó “metáfora” lo que era una promesa de campaña, quitó suelo no solo a su propia palabra, sino que, además, fundamento a la palabra como promesa política en general. Con eufemismos disfrazo una estafa.
Para ser justos, debemos reconocer que hoy, las palabras pocas veces se condicen con verdades –incluso las imágenes, que antes creíamos fieles retratos de lo real, nos engañan. La degradación de la palabra de Kast expresa, por lo tanto y en términos globales, una degradación de la palabra en general.
Sin embargo, no es lo mismo que un Kast no crea en las palabras, con que él ya no tenga palabra que mantener. Tener palabra implica algo básico y distintivo de todos los animales humanos. En esto radica que nuestras palabras no se restrinjan a ser descripciones de estados de cosas en el mundo; nuestras palabras nunca solo comunican o informan sobre lo que ocurre; más bien, nuestras palabras poseen una calidad normativa distinta excepcional: pueden prometer.
Somos los únicos animales capaces de hacer promesas, de comprometernos desde puras creaciones lingüísticas, sonoras o escritas, con el futuro –de esto sabían muy bien Nietzsche, Heidegger y Arendt. El futuro es siempre algo incierto -excepto en la promesa. Quien promete con responsabilidad construye futuro porque la palabra es ofrenda que mandata; edifica y actúa en el mundo solo por ser palabra que importa. La promesa cumplida no es una línea de texto, es una acción en el mundo, es de verdad ya un hecho.
En nuestro país abunda por doquier la degradación de la palabra –una al total servicio de las hermanadas “farándula” y “propaganda”. Pero al final del día, esa erosión desmantela no solo la confianza en un determinado gobierno o de un mandatario que olvida su propio voto. La democracia y la idea misma de Estado de Derecho, con todas sus leyes y normativas, incluso las que parecen injustas o imprecisas, constituyen lo mejor con lo que culturalmente contamos para protegernos tanto de las inclemencias de la naturaleza y sus temperamentales vaivenes, como también de los convulsionados estados anímicos que a veces nos embaucan. Es, pues, gracias a la palabra, a su sutil, inexplicable, pero evidente poder convergente y performativo, que existe el orden, el cumplimiento y, también, sr. Presidente, el futuro y la esperanza para el ser humano. ¿Olvidará el sr. Presidente el evangelio de Juan que decía “En el principio era el Verbo”?, ¿desconocerá que la palabra es verbo en el texto sagrado, precisamente, porque es promesa?
Por Diana Aurenque,Universidad de Tubinga, Alemania.
COMENTARIOS
Para comentar este artículo debes ser suscriptor.
Lo Último
Lo más leído
Este septiembre disfruta de los descuentos de la Ruta del Vino, a un precio especial los 3 primeros meses.
Plan digital + LT Beneficios$3.990/mes SUSCRÍBETE

















